domingo, 6 de diciembre de 2009

COSAS DE BARRIO


He aquí algunos oficios y costumbres que han tendido a desaparecer en los barrios de la ciudad.
Durante mi niñez, recuerdo haber escuchado el sonido de un silbato que anunciaba la cercanía del AFILADOR y enseguida salían todas las amas de casa con cuchillos y tijeras para sacarle filo a esos útiles instrumentos. Los niños salíamos a ver al  hombre que  se sentaba en un banquito pequeño de madera, con tres patitas como soporte; luego ponía en el suelo el aparato afilador montado sobre un soporte de madera, al que se le había incertado una rueda de piedra que giraba sobre un eje de metal, ajustado por tuercas y mariposas. Tenía una manivela con un asa para sujetarla con la mano y hacerla girar con un movimiento circular. Contaba con engranajes movidos por fajas de hule. Para que el aparato se mantuviera fijo, el hombre ponía los pies en el suelo y se colocaba un cincho de cuero alrededor de la cintura para amarrar el aparato. El sonido del roce del metal con la piedra circular era muy peculiar, saltaban chispas y nos advertían que teníamos que  mantenernos a distancia. Con el tiempo desaparecieron los AFILADORES, si quedan algunos, serán muy escasos.
También estaban los marchantes que transportaban frutas y verduras en carretas de madera, haladas por sus propietarios. Las amas de casa contaban con un servicio a la puerta de su casa, hasta tenían proveedores preferidos, escogidos por la buena calidad de los productos. Hubo un día que escuché a una vecina regatear sobre el precio del ciento de naranjas, porque en el conjunto le estaban dando más naranjas pequeñas que grandes. Entonces el vendedor le respondió que los dedos de la mano no eran todos del mismo tamaño; asimismo, los árboles tampoco producían frutos iguales, por lo tanto, no había razón para protestar. Esta anécdota nos enseña que el buen vendedor siempre tiene algún argumento para sostener su precio ante el consumidor.
Las vendedoras de arena para fregar los trastos. La arena era extraída a mano de montañas en los caminos, lo cual resulta bastante peligroso, ya que al ir agrandando la cueva, muchas veces las personas quedan soterradas y mueren. Estas personas también vendían tusas que desgarradas y remojadas con jabón y arena, servían para fregar los trastos. Fueron sustituidos por polvos con lejía (Ayax) y esponjas sintéticas.
Otro servicio difícil de encontrar son los lustradores o limpiabotas. El limpiabotas llegaba una o dos veces por semana para sacar brillo al calzado. También ofrecía correas de color negro, cafe o blanco, para atar el calzado . Llegaba con su cajita de madera en donde guardaba el betún de diferentes colores, el frasquito con el líquido elaborado con anñilina y agua, trapos para frotar los zapatos y cepillos. El precio era entre Q 0.25 a Q0.75 por par, dependiendo de la cantidad de zapatos. Era un verdadero arte ver la forma como dejaban el calzado tan reluciente. Los limpiabotas no han desaparecido, están situados en lugares especiales, pero cobran un precio mucho más elevado.
Alrededor de las 6 o 7 de la mañana, era usual encontrar un pequeño rebaño de cabras en alguna esquina del barrio, cuyos propietarios ofrecían leche de cabra. Actualmente las cabras se encuentran sábados y domingos en parques o calles de la ciudad capital, como en la Avenida de Las Américas de las zonas 13 y 14. La diferencia es que las cabritas sirven para la recreación, halan carretillas en donde se montan niños a dar un paseo.
El país, como todo el mundo, ha cambiado, pero hay cosas en la vida que no se olvidan y se recuerdan con nostalgia. Reconocer el sabor especial que tenían los barrios de antaño, en donde muchas anécdotas tuvieron lugar: en cada esquina, en cada rincón, en el tejado, en cada ventana y en cada puerta. La vida era más sencilla, los vecinos se conocían, eran familiares los vendedores ambulantes, ahora se han convertido en casi leyendas para ser contadas, como parte de la historia de nuestro país.

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