Van a cumplirse 25 años desde que me mudé al barrio en el que vivo, tranquilo, con una paz increíble, es un verdadero placer despertar con el canto de la diversidad de pájaros que anuncian un nuevo día, y el aire fresco que se respira por las mañanas invita a realizar una caminata matutina entre el sonido de las ramas de los árboles meciéndose y el olor a hierba fresca.Pero por las noches este oasis se convierte en algo totalmente opuesto. Resulta que muchos vecinos tienen gatitos de raza muy fina, hasta nos pueden mostrar orgullosamente el pedigree, pero a la hora en que nos disponemos a descansar en los brazos de morfeo, comienza el insoportable chillido de estos felinos. Como estos animales son callejeros por excelencia, comienzan a rondar sobre los tejados o techos de las casas vecinas, persiguiendo a su amada, aunque ésta no pertenezca precisamente a una raza aristocrática. Pasan las horas y los chillidos van en aumento hasta convertirse en algo tan estridente que es imposible tratar de escuchar música, leer un buen libro, ver una película, televisión o dormir. No sé si los dueños de estos animales se acostumbran o si los quieren tanto que no les importa el alboroto que causan, pero lo cierto es que resulta insoportable escucharlos maullando estridentemente en el silencio de la noche.
Una noche fui a la cocina a tomar del refrigerador un poco de agua, escuché unos alaridos y pensé que estaban matando a alguien. Me asomé a la ventana que da al jardín pero no vi nada, entonces regresé a mi dormitorio y me dormí. Cuál no sería mi sorpresa que a los dos días divisé, en una esquina del jardín, una pelotita negra que se movía entre una planta con enormes hojas, era un gatito, y al acercarme encontré a sus cinco hermanitos. Al rato apareció la gata entre las ramas de una bougambilia y se recostó para darles de mamar. Ahora si me arruiné, pensé, pero no podía sacarlos en ese momento. Todos los días observaba desde la cocina cómo la madre les iba enseñando a trepar por las ramas de la bougambilia, hasta que finalmente, a los diez días, los pequeños intrusos se fueron. Entonces, procedí a cortar la planta y no dejar un lugar propicio para que cualquier animal lo volviera a utilizar como nido.
Pero volviendo al insoportable chillido de los gatos y provocados por tal escándalo, comenzamos a pensar de qué manera podemos ahuyentarlos, comenzamos dándoles gritos, luego tiramos objetos hacia el techo, disparamos rifles de viento, pero no conseguimos callarlos.. Al día siguiente amanecemos somnolientos e irritados por la noche gatuna que nos han proporcionado los personajes que nos han visitado y sin invitación se han posesionado de un espacio de nuestra propiedad. Después de tratar de alejarlos por todos los medios, recordamos que alguien nos contó que lo mejor es conseguir un paquete de cohetes y tirarlos al aire, porque los gatos se asustan y se van para siempre. Este método me ha dado resultado, ya que de lo que se trata es de ahuyentarlos pero sin lastimarlos, pues aunque a mí los gatos no me agradan, para algunas personas son compañía y aminoran su soledad. Aunque eso no nos pasa por la mente cuando queremos descansar y los chillidos de los gatos de los vecinos interrumpen la paz y tranquilidad de la que queremos gozar, después de un día ajetreado entre el tráfico, mandados y trabajo.
Por lo tanto, aunque nos esforzamos por encontrar un momento en la vida para apartarnos y gozar de tranquilidad, dentro de este mundo tan violento y ruidoso, de repente aparece algo que altera la paz y debemos de conformarnos con los ratos en que podemos relajarnos y tener un encuentro con nosotros mismos sin interrupciones, los cuales son escasos, pero hay que tratar de conseguirlos.