En la gaveta de una cómoda, encontré un paquete en cuyo interior había un grupo de cartas amarradas por un cordel. Pasé varias horas leyendo cada una de ellas, unas eran de algunas amigas del colegio que estuvieron de intercambio en los Estados Unidos, lo que me hizo recordar aquellos tiempos tan felices en que la única preocupación era estudiar. Había otra de una tía que vivía en Miami y siempre nos alojaba en su casa cuando íbamos de vacaciones con mis papás. Ella vino a Guatemala algunas veces y siempre nos decía que extrañaba mucho a los amigos y a la familia que había dejado, pero que afortunadamente siempre pasaba alguien por Miami y la visitaba cada año. Encontré también tarjetas de felicitación de dos amigos que no pudieron asistir a la celebración de mis quince años por estar de viaje, es lo único que tengo de recuerdo de ellos ya que ambos fallecieron. El grupo de cartas más numeroso era el de mi novio, actualmente mi esposo, cuando fue a realizar un internado de medicina por unos meses. En ellas me describía con detalle el lugar en donde estaba localizado el hospital y el apartamento en donde vivía. Una de ellas me causó mucha risa, por la aventura que pasó cuando preparaba la comida, se quedó dormido y dejó carne en el horno, ésta se quemó y del horno comenzó a salir humo, entonces llegaron los bomberos para apagar el fuego. Me contó la pena que sintió por la alarma que causó una cosa tan sencilla.

En la actualidad, las cartas que enviábamos por correo han sido suplantadas por el correo electrónico, celulares, iphone, etc. lo que ha hecho más rápida la comunicación, pero se ha perdido la elegancia en la redacción. Si la carta era enviada al extranjero, había que esperar como ocho días para recibir contestación, eso nos ponía impacientes porque queríamos tener respuesta inmediata. Eso es una de las ventajas en la actualidad, pues se recibe la respuesta inmediatamente y no se pierde tiempo.
Pero volviendo al tema, no sé por qué razón olvidé ese paquete de cartas en el fondo de la gaveta. Seguramente algún día estuve tirando papeles y sin darme cuenta lo metí allí. Pero no me arrepiento, porque han transcurrido casi 30 años desde que recibí esa correspondencia y me alegré al leer cartas de personas que ya nunca volveré a ver o escuchar.
La excepción son las enviadas por mi esposo que me hicieron rejuvenecer, por nuestros años de juventud, con planes e ilusiones que en su mayoría son una realidad, al ver la linda familia que hemos formado y las satisfacciones que hemos recibido juntos en nuestra vida. Cerré los ojos e hice un recorrido relámpago de la historia de nuestro matrimonio: los primeros años, los años que estuvimos en el extranjero cuando él estaba sacando su especialidad, el nacimiento de nuestros cuatro hijos, los viajes que hicimos en familia, los fines de semana en Amatitlán, al puerto, a La Antigua, etc. todos recuerdos inolvidables de una familia que a través de los años se ha mantenido unida, en las alegrías y en las penas. Han transcurrido 40 años de vida matrimonial y aquellas viejas cartas revivieron momentos inolvidables que no volverán, vivencias que Dios permitió que gozáramos para guardarlas como un tesoro de un valor incalculable.