domingo, 18 de mayo de 2008

LA SEÑORA DE LA DULCE MIRADA


Desde el interior de su casita me llamaba, fue como un imán que no pude resistir.
Entré al templo y la única luz procedía de donde Ella estaba.
Me senté tan cerca como pude, yo hubiera querido acortar la distancia.
Sentí su mirada como una caricia, tan dulce y suave que invitaba a la contemplación.
Era la figura perfecta de una madre con el niño entre sus brazos.
Pedí permiso para ir a visitarla a su aposento. Al principio ese deseo me fue negado. No sé qué conmovió al encargado, tal vez el prolongado espacio de tiempo de mi mirada perdida en su rostro.
Mientras fui subiendo las escaleras que me conducían al encuentro, sentí que las agujas del reloj se detuvieron.
Primero me aproximé por el lado izquierdo y me quedé mirándola por largo rato. Luego me moví hacia la derecha, no recuerdo el tiempo transcurrido.
Una paz interior me inundó, por más que quería moverme una fuerza superior me dominaba.
Por un momento vi un ligero movimiento de sus ojos que se posaron en mí. Yo no podía salir de mi asombro, me quedé petrificada. Ese instante no podré ni quiero borrarlo nunca de mi mente.
Sus manos finas y delicadas se abrieron para recibirme. El Niño Dios me estaba prestando los brazos de su Madre
para que me acurrucara y me abandonara en ellos para siempre.
Ese fue uno de esos regalos de Dios que llegan sin esperarse.
Desde ese inolvidable gran día, la Virgen María es la amiga, la madre dulce y amorosa en quien he depositado muchas penas y alegrías.
Cuántas cosas le he confiado y contado en la intimidad, a la Señora de la Dulce Mirada.
Y cuántas cosas me ha concedido su Hijo a través de la intercesión de su Madre.
No es suficiente agradecerle sus cuidados, hay que demostrarle cuánto cariño le tenemos, somos tan poca cosa y sin embargo cada uno ocupa un lugar especial en su corazón.
Lo mejor que podemos hacer es complacerla y rezar el Rosario con mucha devoción, especialmente en este mes dedicado a María, nuestra Madre del Cielo.

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