Al pasar los años, los hijos crecen y se vuelven adolescentes. Entonces comienzan a invitar a sus amigos, y aquel oasis se convierte en un salón ocupado por un grupo de jóvenes, que comparten largos ratos al compás de una música estridente que se escucha a varios metros a la redonda. Los papás se refugian en su habitación, pero a pesar de tener la puerta cerrada, el ruido invade todo el ambiente. Por fin llega el añorado silencio, los jóvenes se han ido y ya se puede gozar del lugar favorito para descansar, mirar una buena película o leer un libro. El papá va a prepararse un café o un refresco, y de paso busca un bocadito, pero la despensa y el refrigerador están vacíos, parece como si un ciclón hubiera arrasado la casa. Se pone a pensar en aquellos días cuando, junto a su esposa y sus pequeños hijos, gozaban tanto jugando o viendo algún programa en la televisión, compartiendo, tan a gusto, momentos de intimidad..
Esa sala familiar que con tanto cuidado planificaron, la ha podido gozar muy poco el papá. De su matrimonio nacieron cuatro hijos: Guillermo, Pedro, Santiago y Mary. A dos de sus hijos les gusta la música. A Guillermo le compró una guitarra española; a Pedro un piano. Tres días a la semana, la sala familiar está ocupada, porque sus hijos reciben clases para aprender a tocar los instrumentos y además, cada uno tiene que dedicar tres horas al estudio de las lecciones. Además, en ese lugar se ha instalado Internet, ya que ahora se utiliza la tecnología para las atareas del colegio, así el papa dice adiós a disfrutar un rato de la sala familiar.
Luego llegó la etapa de la universidad, y como hubo que realizar trabajos en grupo, la sala familiar se convirtió en el lugar favorito, a veces se juntaban tres o cuatro grupos y toda el área social de la casa estaba ocupada. Pedro estudiaba arquitectura, sus compañeros entraban y salían a comprar materiales para la clase de Diseño. Consecuentemente, se escuchaba la sierra y los martillazos hasta la madrugada, pues pasaban la noche en vela trabajando.
Hubo un día en que por la mañana, Mauricio, un amigo de Pedro, salíó del baño, vestido y listo para irse a la universidad, el papá al salir de su dormitorio se topó con él, creyó que era uno de sus hijos, pero la sorpresa fue cuando lo saludó y se dio cuenta de su equivocación, los dos se rieron. Otro día, el papá salió a buscar el periódico, pero no lo encontró en el garage y pensó que no lo habían repartido. Al pasar por la sala familiar, lo saludó un compañero de Mary, que estaba leyendo el períódico y le dijo: -¿Me podés prestar el periódico para leerlo un rato y depués te lo devuelvo?- El joven se apenó y le pidió disculpas, pues como Mary no estaba lista, se puso a leerlo. Esas dos anécdotas son motivo de risa cuando hay reuniones familiares.
Pedro y Santiago formaron sus propias empresas, y tenían reuniones frecuentes con sus compañeros de trabajo en la casa. Como ya estaba cercana Navidad, la mamá les preguntó que para cuándo iban a planear el Convivio Navideño en la sala familiar, de manera que no se fueran a juntar el mismo día.
Después los hijos se casaron y nacieron los nietos. Entonces, se fueron acumulando los juguetes y la sala familiar se llenó de nuevo. Esa etapa de los bebés hizo recordar a los abuelos los momentos tan felices que pasaron cuando sus hijos eran pequeños; la sala familiar volvió a lucir muy parecida a cuando construyeron su casa, pues la vida da vueltas y vuelve la ilusión al contemplar a los nietos, con sus juegos y travesuras.

No hay comentarios:
Publicar un comentario