
ADOLFO se llamaba un sapo que vivía en el primer patio de la casa de mis abuelitos. Un tío que trabajaba en la introducción de agua potable para la ciudad, lo encontró en un pueblo y decidió llevarlo a vivir a casa de los abuelos, cuando aún era un pequeño sapito. Este sapo siempre se atravesaba en nuestro camino, cuando corríamos por los largos corredores que rodeaban el patio de entrada. Era muy sociable, respondía inmediatamente cuando se le llamaba por su nombre, cuando llegaba alguna visita se presentaba en la sala para saludar y luego daba la vuelta y regresaba a su lugar favorito, un macetón de cemento en donde estaba sembrada una azalea rosada siempre en floración. Este patio tenía una pila en el centro, con una escultura de un niño, copiada posiblemente de alguna obra renacentista y alrededor había macetas pequeñas con geranios de varios colores.
La época de lluvia era su favorita, se colocaba boca arriba con las patas extendidas para recibir las caricias de la lluvia.
ADOLFO tenía un recipiente especial en donde se le colocaba pan remojado en leche. Lo considerábamos parte de la familia porque siempre estaba presente en las reuniones; llegó a ser tan importante que cuando no lo veíamos no descansábamos hasta encontrarlo, pues solía esconderse tras alguna piedra o una maceta.
Por las mañanas esperaba que se abrieran las puertas de los dormitorios para comenzar su recorrido matutino, en donde sabía siempre era bien recibido porque a nadie molestaba.
Cuando murió ADOLFO de vejez, se le enterró en una granja que tenían unos tíos en San Lucas Sacatepéquez, no sin sentir y extrañar a nuestro querido amigo cotidiano.
Es curioso como un animal como ADOLFO puede traernos a la memoria recuerdos de los años felices en esa casa en donde disfrutamos jugando cuando èramos niños. Fue tan importante este ADOLFO que hasta publicaron su historia en un ejemplar del Reader´s Digest en el año 1955 que lastimosamente se extravió entre los papeles guardados en los armarios.
Historias de animales considerados parte de la familia habrán muchas seguramente, pero creo que nunca podrán compararse con el sapito ADOLFO, una historia verídica que quizás sea difícil de comprender para algunas personas. Porque de perros y gatos se conocerán muchas anécdotas, pero de sapos me atrevo a decir que es única, o por lo menos un caso raro.
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